El primer astrónomo, Galileo Galilei

“La Filosofía está escrita en ese gran libro del universo, que está continuamente abierto ante nosotros para que lo observemos. Pero el libro no puede comprenderse sin que antes aprendamos el lenguaje y alfabeto en que está compuesto. Está escrito en el lenguaje de las matemáticas y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es humanamente imposible entender una sola de sus palabras. Sin ese lenguaje, navegamos en un oscuro laberinto.”

Galileo Galilei

Galileo, por Leoni 

Aunque su cita más conocida (por mítica) siempre ha sido “Y sin embargo, se mueve” o “Eppur si muove”, pronunciada ante una Inquisición que no quería entender los parámetros científicos; lo cierto es que cuando Galileo Galilei establece que sin las matemáticas y la ciencia navegamos en un “oscuro laberinto”, y cuando hace referencia al “gran libro del universo”, podemos acercarnos más exactamente a comprender la importancia de su figura como la del primer astrónomo, el primero que se molestó en mirar al universo con otros ojos, los de una ciencia exacta.

La historia de la Astronomía, como elemento necesario para entender la evolución del interés del hombre en las estrellas, nace a partir de un nombre en el que todos los expertos y estudiosos parecen estar más que de acuerdo: “Todo comienza cuando Galileo Galilei apunta ese aparato tan primitivo al cielo y de golpe cambia la historia de la ciencia”. Para Eduardo Ros, miembro de la Sociedad Española de Astronomía y profesor de la Universitat de València, ese momento quizá algo literaturizado en que se descubrió el telescopio, supone la aparición de un universo de estudio totalmente nuevo, más alla de lo conocido.

El inicio de la astronomía tal y como la conocemos hoy consta por tanto en los libros de historia y en los testimonios expertos, permitiendo una efeméride tan exacta como la que este año se celebra. Hace 400 años, en 1609, Galileo contruye el primer telescopio. “Todos nombran a Galileo, pero pocos se acuerdan por ejemplo de Hans Lipperhey y de su catalejo”, apunta el mismo Ros. El desarrollo que este fabricante de lentes germano-holandés llevó a cabo un año antes del celebérrimo invento de Galileo, constituyó en sus inicios un puro divertimento: un catalejo de tres aumentos que ni siquiera pudo patentarse por ser demasiado fácil de reproducir y que sin embargo rápidamente encontró aplicaciones no tan divertidas, como el campo militar o de navegación. Ese catalejo fue el que Galileo tuvo la ocurrencia de apuntar al cielo y cambiar la historia del universo, o al menos de su observación

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