Estaciones espaciales: la vida en las estrellas

Observar el espacio, tocarlo… el siguiente paso que describe el hombre hacia las estrellas es el de vivir en el espacio, el de convertirse en un astronauta que no está de paso, sino que ha llegado para quedarse. La figura de las estaciones espaciales ha sido clave, no sólo para configurar un modelo de acercamiento a la exploración espacial, desde cerca, sino para acuñar un nuevo concepto de astronauta.

La estación espacial se define por ser artificial y porque se distingue de una nave tripulada en que carece de un sistema de propulsión principal y de medios de aterrizaje. “Se necesitan otros vehículos para transportar cosas y personas a la estación”, puntualiza Pablo Ródenas, Ingeniero Aeronáutico por la Universidad Politécnica de Madrid. “Se suelen utilizar para estudiar los efectos del vuelo espacial en el cuerpo humano”, sobre todo a largo plazo. En su órbita alrededor de la Tierra, además se proyectan numerosos estudios científicos de utilidad, de nuevo con mucho tiempo por delante. Tiempo, largo plazo… la razón de ser de las estaciones espaciales está en estos conceptos, no en vano ostentan todos los récords de permamencia en naves tripuladas. El récord de duración, de 437,7 días, fue logrado a bordo de la MIR entre los años 1994 y 1995 por Valery Polyakov. Y este récord promete superarse, como recuerda Ródenas: “ya se han propuesto algunos diseños de hábitats a largo plazo”, para gran número de personas, “ciudades en el espacio donde la gente tendría sus hogares”. Sin embargo, hasta ahora esos diseños son sólo hipotéticos.

Pero para llegar a tal punto de evolución y de promesas de una vida larga y próspera en el espacio, de nuevo debemos remitirnos al eterno enfrentamiento durante la década de los 60 entre las dos potencias espaciales: la Unión Soviética y Estados Unidos, que comenzaron a planificar la construcción de estaciones orbitales que pudieran mantener tripulaciones por períodos prolongados de tiempo, para misiones científicas y militares. La victoria estadounidense en la carrera hacia la Luna haría que el Kremlin se planteara un reto más ambicioso: llegar al planeta Marte antes que los estadounidenses. “Los soviéticos sabían muy bien que para llegar a Marte, a millones de kilómetros, se iba a tardar como mínimo medio año, 8 meses. Y claro, esto es demasiado para el ser humano en el espacio”, que puede sufrir alteraciones como la falta de gravedad que hace que los músculos se atrofien; o las radiaciones provenientes del Sol que podrían producir cáncer o esterilidad. El problema era que no había manera de preparar o entrenar estos peligros en la Tierra. “Aquí no es posible simular las condiciones hostiles del medio espacial”. La única posibilidad era construir un laboratorio en el espacio donde los astronautas pudieran experimentar  las mismas condiciones que afrontarán al viajar por el espacio. Y así tomaría la delantera la Unión Soviética con el programa Salyut, hasta el año 1986, y posteriormente con la celebérrima MIR (en ruso: Мир, que significa paz o mundo), la primera estación espacial de investigación habitada de forma permanente de la historia, y la culminación del programa espacial ruso. Aunque estaba prevista para que estuviera funcionando durante tan sólo 5 años; lo hizo durante 13, hasta su desmantelamiento en 2001, sirviendo como laboratorio de pruebas para numerosos experimentos científicos y observaciones astronómicas. En un ámbito menos histórico y más internacional, surgiría la Estación Espacial Internacional (EEI) (en inglés International Space Station [ISS]), como apunta el ingeniero aeronáutico Pablo Ródenas, “un magnífico centro de investigación considerado uno de los grandes logros supremos de la ingeniería”. El proyecto, que cuenta con cinco de las más importantes agencias del espacio representa una fusión de las estaciones espaciales previamente previstas, que fracasaron por distintos motivos: MIR2 de Rusia, la estación espacial estadounidense Freedom, el previsto módulo europeo Columbus y el Módulo Japonés de Experimentos (JEM).

En esta nueva era de cooperación de la post Guerra Fría ya no se piensa en una carrera espacial hacia el planeta rojo, si no que, esta vez, la idea es lograr, con el esfuerzo de muchas naciones, la exploración y colonización de la Luna, Marte y otros cuerpos celestes del Sistema Solar y más allá. Para ello, la experiencia, los conocimientos y la preparación obtenida en estos laboratorios orbitales, desde Salyut 1 hasta la ISS, son de fundamental importancia. Gracias a la esta colaboración en forma de Estación Espacial Internacional, actualmente hay presencia humana permanente en el espacio. “Siempre ha habido al menos dos personas a bordo desde su puesta en órbita, en el año 2000”, confirma Pablo Ródenas. Y aunque la estación todavía está bajo construcción hasta el año que viene, lo cierto es que esta gran nave representa los ánimos de toda una civilización por superar fronteras y avanzar hacia la exploración sin límites del espacio, encarnada en este caso en la figura del astronauta, héroe personalizado de las mayores gestas astronómicas.   

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